Cae la noche del Domingo de Laetare en el barrio de Fátima, y en la intimidad del templo, María Santísima de la Encarnación ya preside su paso procesional, aguardando la llegada de un nuevo Miércoles Santo.
El tiempo parece detenerse ante la presencia serena de la Santísima Virgen, que se muestra ya preparada para su estación de penitencia, envuelta en un conjunto de gran riqueza simbólica y estética.
UNA ESTAMPA DE ELEGANCIA Y DEVOCIÓN
La Santísima Virgen viste saya de tisú de plata bordada en oro y sedas de colores, ceñida con un fajín hebraico en tonos celeste, rosa y plata. Esta pieza, confeccionada a partir de retales de telas empleadas en la realización de las sayas y mantos de su propio ajuar, se convierte en un elemento cargado de significado, al reunir en sí parte de la historia material de la imagen.
Como tocado, luce encaje de Bruselas o punto de aguja, dispuesto sobre una base de lamé de rayas de oro colocado a tablas, rematado con una delicada blonda que enmarca con elegancia su rostro, potenciando la dulzura de su mirada.
El conjunto se completa con pañuelo y manguitos, realizados también en encaje de Bruselas o punto de aguja, a juego con el tocado, aportando armonía, equilibrio y una refinada delicadeza al conjunto.
LA ESPERA DEL MIÉRCOLES SANTO
En el silencio del templo, todo anuncia lo que está por venir. Cada detalle, cada textura y cada luz parecen anticipar el momento en que las puertas se abran y el barrio de Fátima vuelva a reencontrarse con su Madre.
Pronto, muy pronto, será Miércoles Santo en el barrio de Fátima.
